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Víspera de Navidad y Nuevo Año: Momento ideal de autocrítica, de esparcir ideas, de sembrar conciencia

En estos días de balance, de reflexión, de introspección, creemos y tenemos esperanza que el futuro de esta República no está solo en manos de unos pocos, sino que a la corta o a la larga dependerá de nuestro compromiso ciudadano y nuestra participación responsable.

La esperanza alimentada en estas fiestas navideñas y de Nuevo Año nos interpela a realizar un buen examen de conciencia y a trabajar activamente en ser constructores de una sociedad mejor.

Es casi unánime el reclamo de acabar con la injusticia, con tan aberrante desigualdad social que no atenúa la dirigencia política (más allá de aislados propósitos…), sin embargo debemos apelar a una exigente toma de conciencia, a una profunda autocrítica en cuanto a qué porción de responsabilidad (o irresponsabilidad) tenemos desde el llano.

Como siguiendo a Poncio Pilatos, -en lo general- nuestra sociedad suele conservar un mal añejo: el no comprometerse, o blandir el “no te metas…”, y así los gobernantes y sus opositores siguen haciendo lo que quieren, total, nadie se los demanda, aunque peor aún hay nula concientización del propio Pueblo respecto a sus propios derechos.

Nos aferramos a la idea que no se puede seguir enarbolando la bandera de un “cambio” si:

– continuamos dándole la espalda a proceder a un insoslayable giro de 180 grados en materia educativa, privilegiando mejores condiciones laborales y salariales a docentes y auxiliares.

– No tenemos un fuerte sistema de Salud, con todo el personal de esa Cartera percibiendo sueldos similares o superiores a los de los legisladores o hasta de algunos privilegiados del Poder Ejecutivo que declaman austeridad pero no cierra que asuman tan pesados deberes por sueldos insignificantes.

– No contamos con Policía y Fuerzas Armadas distinguidas salarialmente como a la vez equipadas para combatir la delincuencia y/o defender nuestra Seguridad tanto interior como la que segundo tras segundo nos invade desde nuestros puntos limítrofes descuidados, debilitados, por obra y arte de “órdenes de arriba”.

– O si no se trata distinto a nuestros Jubilados; agradeciéndoles, reconociéndoles sus años de aportes, sus contribuciones mediante una remuneración digna acorde a sus esfuerzos y/o trayectorias, brindándoles todas las comodidades imprescindibles en materia de cobertura de Salud.

No sirve de nada llenarse la boca con falsas promesas, con demagogia pura.

Queremos dejar de ver tantos rostros atemorizados por el futuro incierto. O agobiados por el rencor, la agresividad y el odio.

Nos turba la desesperación en padres y madres de familias que acaban de ser despedidos y, varios… -pasados los 40 pico de años- ya no saben cómo recuperarse porque las promesas mesiánicas de más oficios trastocan con la cruel realidad que en la Argentina de hoy la desocupación va erigiéndose en récord histórico más allá del disfraz estadístico libertario.

Padres y madres que son despreciados minuto a minuto por una Patronal cada día más necia, más imperturbable, que acrecienta sus patrimonios de manera ya impúdica y vive enarbolando la frase: “los números no me cierran”… pero luego se los ve en autos Modelo 2054, yates de miles y miles de dólares, vistiéndose con las marcas más caras, otorgando a sus hijos estudios en las Universidades de matrícula más onerosa, o viajando incesantemente por todo el mundo.

Empleados afligidos que ven su situación laboral pender de los vaivenes y caprichos del mercado financiero o de los antojos de sus empleadores inconmovibles.

Pequeños productores o comerciantes consternados que soportan estoicamente como las monstruosas compañías son también beneficiadas por el Poder Político y ya no saben cómo mantener las puertas o tranqueras abiertas de sus emprendimientos humildes.

Padres angustiados que no pueden ofrecer a sus hijos una vivienda digna y por ya no poder pagar alquileres temen a ser desalojados.

Caritas sin consuelo de niños flagelados por la ignorancia y la falta de salud como consecuencia de la pobreza.

Adultos mayores abatidos por haber dado tanto durante más de 30 o 40 años para luego recibir como “recompensa” migajas jubilatorias que ni siquiera alcanzan para los remedios.

Semblantes atormentados de indigentes, excluidos y/o marginados por el analfabetismo, la droga, el alcoholismo.

Familias desoladas pues un padre, una madre, un abuelo, una abuela o hasta un adolescente tomaron la infausta decisión de inmolar sus vidas al no tener consuelo, tras haber perdido la más ínfima cuota de fe o tan solo no haber tenido la contención imprescindible ante síntomas inequívocos que la salud mental estaba rota.

Otras destruidas anímicamente por haber sido víctimas de una violencia que parece no tener fin y padeciendo una Justicia lenta, ineficaz, temerosa de lo que opine el Poder Ejecutivo, o miedosa a causa de las amenazas del Poder Delictivo o mafioso de turno.

Pena inconmensurable por las muertes a causa del pésimo estado de nuestras calles, de nuestras rutas -sin la menor seguridad vial- y nuestra propia falta de respeto a las normas, que hacen de nuestras salidas un camino -en miles de casos- sin retorno.

O la atribulación irremediable por ver como una inundación o un fenómeno climático que pudo prevenirse, que pudo preverse, causó pérdidas irreparables.

Por todo esto y mucho más, hete aquí nuestro anhelo: que la clase política y el sector empresarial se conmuevan al punto tal de erradicar de sus vidas toda cuota de codicia, indiferencia y pasividad, empujándolos a que se brinden solidariamente para generar oportunidades que ayuden a tantos hermanos y hermanas a salir adelante, atreviéndose a luchar por cristalizar un futuro diferente.

Y nosotros, los ciudadanos que gozamos básicamente de un ápice de coherencia, de discernimiento, impulsados por el instinto de supervivencia, no debemos bajar los brazos.

Esta inercia algún día debe frenarse y pasar del rumor, del murmullo, al clamor demandando a quienes nos representan empiecen a dar testimonio cabal del compromiso asumido -antes de cada proceso eleccionario-, con hechos y no palabras, exigiéndoles que dejen de mirar el espejo retrovisor si no van a demandar a quienes tanto reprueban por “la herencia” recibida.

Nuestra clase política durante décadas -tras el advenimiento de la democracia– ha construido un aparato que alimenta la reproducción de una suerte de casta, de estamento privilegiado movido por intereses corporativos con un sistema maquiavélico de ocupación de los cargos públicos repartidos entre punteros, parientes y recomendados con total discrecionalidad, en vez de cumplir dichas funciones gente capacitada más allá de toda bandería partidaria.

Ahora bien… Vale la pena formularse esta triste pregunta: ¿por qué razón los políticos van a reformar un sistema que les permite gozar alegremente del poder?

Quizás, no van a cambiar el sistema si no se ven obligados a hacerlo. Por ello, no podemos fiarnos de manera irrestricta en la honestidad de los individuos; tenemos que construir un sistema que los obligue a serlo.

Estamos hartos del autismo, de la soberbia, de la arrogancia y hasta de la prepotencia de algunos políticos, en especial de aquellos que supieron ser gobierno y hoy, del lado opositor, no tienen mejor idea que emitir periódicamente diatribas, invectivas, difamaciones contra el que hoy impera.

Estos petulantes, que cuando gobernaron no dieron el ejemplo que hoy proclaman, dañan, lesionan crudamente la credibilidad de la política, más allá que en algún exhorto retórico puedan reflejar un contexto incuestionable. Pero tampoco queremos dejarnos dominar por el desánimo y/o el rencor destructivo.

La Argentina es capaz de renacer y de hecho que puede cristalizar ello con nuevos y jóvenes dirigentes que logren conducir ese retoñar. Solo deben animarse, tener la valentía, el coraje de cortar con el “establishment” o atreverse a modificar el rumbo trazado por quienes se resisten a ser sucedidos. Ser verdaderos PATRIOTAS. Representarnos con agallas, con valor, con bravura, y así pasar a la historia con la frente en alto.

Necesitamos un líder. Además de un facilitador y de un movilizador de recursos, que sea un referente o modelo, alguien que ayude a pensar, a descubrir y a utilizar capacidades y potencialidades, y alguien capaz de orientar, especialmente en instancias críticas y turbulentas.

La dictadura, además de su autoritarismo y de su masacre, nos condujo a un desastre socioeconómico que aún la democracia no ha sabido enmendar con funcionarios incapaces de revertir tremendo daño estructural.

O más execrable aún… Hubo gobernantes corruptos, por más que algunos lo nieguen, sigan defendiendo lo indefendible y procuren aferrarse con uñas y dientes al último porcentaje de poder que les queda.

¿Qué estamos esperando para reaccionar…? Desde la Colonia, la sociedad argentina nunca fue un dechado de virtudes cívicas, ya es momento que madure y proceda pues se corre el peligro de que el país se estacione en un estado de violencia permanente, creado por la desesperación de unos, la impericia de otros, y el oportunismo indigno de quienes harán todo lo posible por perpetuarse en sus imperios de una politiquería tan barata como corrompida, hoy cada vez más subyacente en redes sociales.

En mi opinión, una de las riquezas más importantes que puede demostrar un país es su fortaleza institucional.

Sin embargo, es menester pronunciar otro interrogante: ¿los políticos son los malos, y nosotros -los “no políticos”, los que no entramos en el Gobierno, los que “ahorramos” nuestro tiempo- somos los buenos?… ¡No nos engañemos!!!…

¿De quién es la culpa que las instituciones, incluidos los gobiernos, no funcionen en la Argentina? Todos y cada uno de nosotros tenemos alguna ración de incumbencia con lo que hoy nos toca vivir; por acción u omisión.

El secreto está, entonces, en que los argentinos podamos romper el círculo vicioso en el que estamos inmersos. El secreto está en que ejerzamos de modo contundente nuestros Derechos y Obligaciones como ciudadanos. Sólo así podremos revivir nuestra conciencia, y entender que la única manera de cambiar la realidad, es participando.

Responder a los desaciertos de nuestros gobiernos con frases como “para qué te vas a meter, si es imposible cambiar algo, si son todos unos ……”, u otras por el estilo, sólo conducirán a profundizar nuestra decadencia, sólo nos harán más responsables aún de la crisis.

Sólo siendo partícipes activos de la vida político-institucional de nuestra ciudad, provincia, o país (que no significa pura y exclusivamente participar de un partido), podremos mejorar nuestras instituciones y, así tener una mejor “clase política”.

Alguien dijo, alguna vez: “…los pueblos tienen los gobiernos que se merecen”. Dejemos, entonces, de quitarnos el sayo, y responsabilizar a “los políticos” de todo. Comencemos por cambiar cada uno de nosotros. ¡Feliz Navidad!!!… ¡Que Dios los bendiga!!!

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