La brecha generacional en salud mental quedó expuesta con crudeza en un relevamiento internacional: cuatro de cada diez personas de entre 18 y 34 años presentan una afectación clínica significativa, mientras que entre los mayores de 55 años la proporción cae al 10%.
La diferencia, basada en respuestas de más de 800.000 personas de 84 países, fue el punto de partida del análisis que realizó el economista Martín Lousteau, quien se preguntó: “¿Qué cambió para que los jóvenes tengan indicadores considerablemente peores que las generaciones anteriores?”, planteó.
Lousteau tomó como referencia un estudio de Sapiens Lab realizado entre 2024 y 2025. “Hay una aproximación al problema de salud mental donde vemos las angustias individuales, pero no hay una mirada de por qué tantos”, advirtió, al proponer una lectura que combine factores sociales, culturales y económicos para entender por qué el fenómeno adquirió una dimensión global.
Una brecha que se profundizó entre generaciones
El trabajo utiliza un indicador denominado “coeficiente de salud mental”, que mide el funcionamiento emocional y social de las personas. Según explicó Lousteau, 100 representa el valor de referencia y, a medida que el indicador disminuye, aumentan las dificultades para desenvolverse hasta alcanzar niveles clínicos.
El contraste por edad aparece como uno de los datos más fuertes. Mientras uno de cada diez mayores de 55 años presenta una afectación clínica significativa, el porcentaje trepa al 41% entre quienes tienen entre 18 y 34 años. Lousteau remarcó que esta relación no era habitual en el pasado y ubicó alrededor de 2011 un cambio de tendencia que luego se profundizó durante la pandemia. “Esto antes no era así”, sostuvo.
La magnitud del salto también se ve a escala internacional. Según los datos que presentó, seis de los diez países con mejores indicadores generales pertenecen al África subsahariana, mientras que entre los que muestran peores resultados aparecen Japón, China, Reino Unido, Australia y Finlandia. “Cuanto más rico es el país, peor está la salud mental de los jóvenes”, afirmó.
Ese dato no implica que la riqueza sea la causa directa del deterioro, pero sí plantea una paradoja: algunos de los países con mayores niveles de desarrollo económico y material figuran entre aquellos donde los adultos jóvenes presentan peores indicadores. Para Lousteau, la explicación obliga a mirar factores que no se reflejan en el PBI.
Vínculos familiares, pertenencia y el impacto de la tecnología
Uno de los factores que el economista puso bajo la lupa son los vínculos familiares. De acuerdo con los datos citados, quienes describen sus relaciones familiares como débiles muestran niveles de angustia clínica mucho mayores que quienes cuentan con la contención de lazos sólidos.
Lousteau vinculó esa diferencia con transformaciones sociales y laborales que favorecen la movilidad y pueden alejar a las personas de sus redes de origen. “La sociedad hipercapitalista destruye vínculos familiares”, sostuvo, al cuestionar un modelo que, según su análisis, pone el rendimiento individual y la competencia en el centro de la vida cotidiana.
En ese contexto, advirtió que la familia y otros espacios comunitarios pueden perder peso como redes de sostén. La pérdida de esos ámbitos de pertenencia aparece asociada a peores resultados en el coeficiente de salud mental, según el estudio que citó.
La pertenencia a algo más amplio que el individuo también se asocia a mejores indicadores. Lousteau destacó que el trabajo encontró una relación entre los niveles de espiritualidad declarados por los participantes y su bienestar: cuando la espiritualidad se duplica en las respuestas, el indicador mejora en promedio unos 20 puntos, explicó.
El dato no se limita a una práctica religiosa específica. Fue utilizado por el economista para remarcar la importancia de sentirse parte de un proyecto, comunidad o creencia que exceda al yo individual, más allá de la fe que cada persona profese.
La tecnología aparece como otro elemento clave. Lousteau señaló que el relevamiento encontró una relación entre la edad a la que una persona recibe su primer teléfono celular y sus niveles posteriores de angustia. “Cuanto más temprano el primer celular, más la angustia cuando sos un joven adulto”, afirmó.
Ese dato, aclaró, no permite establecer por sí solo una relación causal, pero se suma a una transformación profunda de la vida cotidiana: los jóvenes construyen vínculos y reciben información en un entorno digital permanente, donde también están expuestos a una comparación constante con los demás.
Para Lousteau, esa transformación convive con una creciente presión por competir y alcanzar determinados estándares de éxito, lo que termina impactando en la forma en que los jóvenes se perciben a sí mismos y evalúan su propia vida.
“Sé feliz”: la respuesta individual frente a un problema colectivo
La discusión sobre las causas abre otra pregunta: cómo responde la sociedad frente a esta situación. Lousteau cuestionó una lógica que, según su interpretación, tiende a convertir el bienestar en una responsabilidad exclusivamente individual.
“La respuesta del sistema a la epidemia de depresión es: ‘Sé feliz’”, planteó. En ese marco, mencionó el concepto de “happycracia” para describir la transformación de la felicidad en una obligación y, al mismo tiempo, en una industria que ofrece herramientas como coaching, mindfulness y distintos cursos orientados al bienestar.
El economista no descalificó necesariamente la utilidad de esas herramientas para cada persona, pero sí puso en discusión que sean presentadas como respuesta suficiente frente a un fenómeno de escala social. Su crítica apunta a la paradoja de tratar un problema masivo con soluciones centradas en la adaptación individual.
En esa línea, remarcó que, si una proporción creciente de jóvenes atraviesa dificultades de salud mental, enseñarles a adaptarse no responde a la pregunta de qué está produciendo ese malestar. “Frente a un problema general, te dicen que es tu problema”, resumió Lousteau.
Desde esa perspectiva, la dimensión del fenómeno obliga a ampliar la discusión. La diferencia entre generaciones, la paradoja de los países desarrollados y la asociación con los vínculos, la pertenencia y la tecnología sugieren que no alcanza con observar únicamente las decisiones o características de cada individuo.
Qué significa progresar en sociedades con malestar creciente
El análisis de Lousteau termina derivando en una pregunta más amplia sobre el bienestar y la idea de progreso. Si algunos de los países más desarrollados presentan peores indicadores entre sus jóvenes, el crecimiento económico no alcanza por sí solo para explicar cómo viven y se sienten las personas.
“Estamos tratando el problema de salud mental como si fuera el clima. Nadie es responsable. Pero hay algo más profundo que está pasando”, sostuvo el economista, al plantear que la discusión debería incorporar las condiciones sociales y culturales que rodean a quienes atraviesan estos problemas.
Para cerrar, Lousteau recuperó una frase de Robert Kennedy pronunciada en 1968: “El PBI lo mide todo excepto lo que hace que valga la pena vivir la vida”, citó. La idea resume la pregunta que atraviesa su análisis: qué ocurre cuando una sociedad puede acumular riqueza, tecnología y desarrollo, pero al mismo tiempo registra un deterioro marcado en el bienestar psicológico de sus jóvenes.


