La crisis del consumo masivo sumó un nuevo capítulo en la industria alimenticia argentina: el Juzgado Nacional en lo Comercial N°27 abrió el concurso preventivo de Alfajores Baltazar S.A., fabricante de los alfajores Alfa Pampa.
La resolución, firmada por la jueza María Virginia Villarroel, fue adoptada el 25 de junio, aunque se conoció públicamente a partir del edicto difundido este miércoles 8 de julio.
El caso resulta significativo por el recorrido de la compañía, que en poco más de una década pasó de una producción inicial de pequeña escala a superar el millón de alfajores mensuales y contar con una capacidad instalada muy superior a ese volumen.
Ese crecimiento, sin embargo, terminó chocando con un escenario de menor consumo, caída de la producción efectiva y mayores dificultades para sostener una estructura industrial preparada para trabajar a una escala más elevada.
En sus mejores momentos, la empresa había llegado a producir alrededor de 1,2 millones de unidades mensuales.
Posteriormente, ese volumen descendió hasta un promedio cercano a las 750.000 unidades, al mismo tiempo que la compañía avanzó con un ajuste de su estructura de personal.
Ahora, la apertura del concurso preventivo traslada formalmente esas dificultades al terreno judicial y abre una extensa negociación con los acreedores.
Cronograma judicial: más de un año de negociaciones
De acuerdo con el cronograma establecido por la Justicia comercial, los acreedores de Alfajores Baltazar tendrán plazo hasta el próximo 9 de octubre para presentar sus pedidos de verificación de créditos ante la sindicatura designada.
La contadora Claudia Raquel Bareiro fue nombrada síndica del proceso.
Posteriormente, el informe individual sobre los créditos reclamados deberá ser presentado el 25 de noviembre, mientras que el informe general de la sindicatura quedó fijado para el 15 de febrero de 2027.
El calendario judicial se extenderá durante más de un año si se tiene en cuenta que la audiencia informativa fue programada recién para el 6 de agosto de 2027 y que el período de exclusividad —la etapa durante la cual la empresa deberá intentar alcanzar las mayorías necesarias para acordar una propuesta con sus acreedores— vencerá el 13 de agosto de ese mismo año.
Cabe aclarar que la apertura del concurso no significa el cierre de la fábrica ni implica automáticamente su quiebra. Por el contrario, el procedimiento previsto por la legislación concursal busca ordenar el pasivo, determinar la composición de las deudas y permitir que la compañía negocie una propuesta con sus acreedores mientras continúa desarrollando su actividad.
El desafío que se abre ahora para sus dueños es atravesar ese proceso sin perder todavía más volumen comercial, en un negocio en el que la escala de producción y la rotación en los puntos de venta resultan determinantes para sostener la rentabilidad.
De una máquina usada a más de un millón de alfajores por mes
La historia del proyecto comenzó en 2011 de la mano de Mariano Bonaventura y Sebastián Espina, dos empresarios con experiencia en el negocio de distribución de productos de consumo masivo.
El salto hacia la actividad industrial se dio con la adquisición de una máquina usada para fabricar alfajores.
La producción inicial rondaba las 80.000 unidades mensuales, una escala muy inferior a la que la compañía alcanzaría años más tarde.
A partir de allí, la empresa inició un proceso de incorporación de maquinaria, ampliación de capacidad y búsqueda de nuevos canales comerciales.
Uno de sus primeros avances importantes fue el ingreso a cadenas de kioscos, un canal estratégico para cualquier fabricante de golosinas por su nivel de rotación y capilaridad.
Más adelante, la firma logró ampliar su presencia en supermercados y también desarrolló productos para terceros.
Durante la pandemia consiguió profundizar su llegada al canal supermercadista, en un contexto en el que los cambios en la producción y en la logística de los grandes fabricantes generaron espacios para proveedores de menor tamaño.
La compañía también logró colocar productos en el canal aerocomercial y desarrollar exportaciones y, con el paso de los años, sus alfajores alcanzaron cientos de ciudades, hasta superar el millón de unidades mensuales.
La estrategia comercial buscó posicionar su principal producto en un segmento intermedio: competir por calidad y tamaño con propuestas de mayor precio, pero manteniendo una diferencia frente a los alfajores premium.
Además de su marca principal, la empresa avanzó con otras líneas para cubrir diferentes segmentos de precios y ampliar su llegada a distintos consumidores.
Las señales de alarma que anticiparon la crisis
Las primeras señales de dificultades comenzaron a observarse antes de la presentación judicial.
Después de alcanzar sus mayores niveles de producción, la empresa empezó a enfrentar una combinación compleja de menor consumo, reducción de pedidos y una estructura industrial con capacidad para producir muy por encima del volumen efectivamente vendido.
Para una pyme alimenticia, la caída del volumen representa un problema que va más allá de una baja en la facturación.
Una fábrica preparada para producir cientos de miles o millones de unidades necesita distribuir sus costos fijos entre una producción elevada.
Personal, energía, mantenimiento, logística, administración y financiamiento deben ser absorbidos por cada unidad vendida.
Los expertos advierten que cuando la producción cae y las máquinas trabajan por debajo de su capacidad, el costo unitario aumenta y los márgenes se reducen.
Agregan que ese problema se vuelve todavía más delicado en el mercado de golosinas y alfajores, donde las empresas compiten por espacios limitados en kioscos y supermercados y deben enfrentar tanto a grandes grupos alimenticios como a fabricantes regionales y nuevas propuestas artesanales.
En el caso de Alfajores Baltazar, la compañía había desarrollado una capacidad industrial que le permitía aspirar a volúmenes significativamente superiores a su producción real.
La caída desde alrededor de 1,2 millones de unidades mensuales hasta niveles cercanos a las 750.000 expuso una brecha importante entre la capacidad de la fábrica y el nivel de actividad efectivo.
En paralelo, la empresa avanzó con una reducción de su estructura de personal y con una reorganización de su propuesta comercial.
Al mismo tiempo, buscó ampliar su portafolio con productos destinados a diferentes segmentos de precios, una estrategia habitual en períodos de retracción del poder adquisitivo, cuando una parte de los consumidores migra hacia opciones más económicas.
El concurso preventivo muestra ahora que esas medidas no fueron suficientes para evitar la judicialización de la crisis financiera.
Un mercado de alfajores con competencia feroz
El caso se produce en un mercado argentino con características particulares.
A diferencia de otras categorías de alimentos, el negocio del alfajor combina grandes compañías nacionales, fabricantes históricos, marcas regionales y centenares de emprendimientos de menor escala.
La Argentina tiene, además, uno de los niveles de consumo de alfajores más altos del mundo, lo que convierte al producto en una categoría atractiva pero extremadamente competitiva.
En ese escenario, las marcas necesitan no sólo fabricar, sino también conseguir distribución, espacio en góndolas, presencia en kioscos y capacidad financiera para sostener promociones y condiciones comerciales.
Para una pyme independiente, el crecimiento acelerado puede convertirse en un desafío financiero si la expansión de la estructura industrial no es acompañada por una demanda estable.
En ese contexto, Alfa Pampa había conseguido construir una escala considerable para una compañía de su tamaño.
Su capacidad instalada, la llegada territorial y la presencia en distintos canales comerciales la habían convertido en un caso de crecimiento dentro del sector.
La apertura del concurso preventivo expone, sin embargo, uno de los principales riesgos que enfrentan las pequeñas y medianas industrias de consumo masivo: aumentar la capacidad productiva no garantiza estabilidad cuando las ventas se contraen y la estructura de costos queda sobredimensionada.
La empresa tendrá ahora más de un año para intentar reordenar su pasivo y negociar una salida con sus acreedores.
El resultado de ese proceso definirá si el concurso puede transformarse en una herramienta para recuperar equilibrio financiero y sostener la producción o si la caída del volumen termina profundizando la crisis de una compañía que, en poco más de una década, había pasado de una pequeña máquina usada a fabricar más de un millón de alfajores por mes.


