Hora de hacernos todos cargo

Los argentinos estamos invadidos por un profundo desconcierto y un generalizado desánimo. Varias causas se confabulan para producir ese mortificante resultado. Una recesión económica terriblemente pertinaz, los preocupantes niveles del desempleo, el creciente desprestigio de la dirigencia política, el debilitamiento notorio del gobierno nacional, el descontrolado crecimiento de una delincuencia cada vez más violenta y salvaje, la impotencia de las fuerzas de seguridad para ponerle coto a ese tenebroso fenómeno, los ecos atronadores de una creciente protesta social, con olvido del orden, que es parte del interés supremo de la sociedad. Y, envolviéndolo todo, una angustia colectiva que deposita espesos nubarrones en el horizonte y nos convierte a veces en transeúntes taciturnos y temerosos, casi extranjeros en nuestra propia tierra.

 

Ese es el cuadro. Esa es la realidad. ¿Cómo enfrentarla? ¿Cómo modificarla? Y además: ¿ésa es toda la realidad? Resulta difícil responder tales interrogantes. Hay algo, sin embargo, que podemos hacer ya mismo: abstenernos drásticamente de repartir culpas a diestra y siniestra, como es común entre los argentinos. Abstenernos, por ejemplo, de descargar toda la responsabilidad sobre la clase política, cuando en realidad son muchos y variados los sectores que han contribuido a que el país esté en el sitio en que está.

Es cierto que los políticos tienen bastantes explicaciones que dar en relación con este capítulo penumbroso de nuestra historia. Pero es probable que encuentren también un margen más o menos ancho para la autocrítica los empresarios, los sindicalistas, los intelectuales, el sector financiero y –por qué no– los muchos argentinos que todavía están en condiciones de entregar algo a la comunidad de la que forman parte.

 

Este humilde diario digital quiere alzar hoy su voz para convocar al conjunto de los argentinos a pasar a la acción, a rescatar al país de la virtual parálisis que lo afecta. No se trata ya de llamar a una toma de conciencia sobre la gravedad de la situación que se vive, no se trata ya de reiterar diagnósticos repetidos hasta el cansancio. Se trata, lisa y llanamente, de poner manos a la obra.

 

Todos tenemos algo que hacer en esta encrucijada. Es bueno que cada argentino empiece por interrogarse a sí mismo y por escarbar su propia conciencia. Cargar las tintas sobre la culpa ajena es siempre el camino más fácil. Tratemos, esta vez, de ser originales. Tratemos de averiguar qué podemos ofrendar para que el país abandone esta situación de estancamiento que amenaza con dejarlo fuera de la historia. Y si descubrimos que existe algo que podamos hacer empecemos hoy mismo a poner en práctica ese “algo”. Demos, para empezar, una visión a la República, que es darle un camino.

 

El país está sobrecargado de palabras, actitudes negativas, reacciones que invitan al desaliento y a la desesperanza. Falta -en la sociedad entera, no sólo en el Gobierno- una firme decisión de pasar de las palabras a los hechos, de ejecutar de una vez por todas los cambios estructurales y estratégicos que la República necesita y, sobre todo, que cada argentino tome conciencia de que es hora de renunciamientos -personales y sectoriales- y no de abroquelarse, como tantas otras veces, en la defensa de egoísmos individuales o de intereses corporativos.

 

Son muchos los hijos de este suelo que ya no pueden dar nada en beneficio del conjunto social, pues están en el límite de la desprotección y la pobreza. Pero hay otros argentinos que tienen todavía la posibilidad de hacer aportes al bienestar general, no sólo en términos económicos sino también en contribuciones tendientes a potenciar el saneamiento moral de la sociedad.

 

Pensemos en el sector político, que tiene tantas asignaturas pendientes. Pensemos en los sectores empresariales, que sin duda están en condiciones de redoblar sus esfuerzos y aguzar su imaginación para ayudar a impulsar la imprescindible reactivación de la economía. Pensemos en el sector financiero, que tanto podría hacer para multiplicar las operaciones con tasas más accesibles y contribuir, así, a poner en movimiento el aparato productivo nacional.

 

Pensemos en quienes sin el menor escrúpulo evaden sistemáticamente sus obligaciones tributarias. Pensemos en la dirigencia sindical y su permanente resistencia a modificar las estructuras institucionales y laborales que conspiran contra la modernización y el crecimiento del país. Pensemos en los grupos que eligen la protesta -a veces cargada de agresividad- y desdeñan el diálogo fértil y constructivo. Pensemos en los medios de comunicación, que con frecuencia prefieren cultivar el sensacionalismo, la truculencia y el efecto escandaloso en lugar de alentar una visión esperanzada del futuro. Y al formular esta autocrítica, empezamos por incluirnos en el reproche a nosotros mismos.

 

Pensemos en todas esas cosas y en el cúmulo de asuntos sobre los cuales se ha llegado ya a un consenso ampliamente extendido sin que se haya encontrado hasta ahora el camino adecuado para que las promesas y los gestos retóricos se traduzcan en hechos concretos y tangibles.

 

La Argentina sigue siendo un país con envidiable capacidad para el debate y el autoexamen teórico, un país notablemente dotado para renegar de sí mismo, un país con fuertes reservas intelectuales y con vigorosas aptitudes para tejer discursos analíticos admirablemente delineados. Pero el mundo de los hechos, el universo de las realidades fácticas, le sigue siendo esquivo.

 

Sobra idoneidad en el discurso y faltan energía y pragmatismo en la ejecución. Sobran gestos suicidas que llevan a debilitar las instituciones civiles y militares de la República y escasean los demócratas con firmeza de carácter dispuestos a fortalecer el cuadro institucional que surge de la gran ley de la patria, que es la Constitución.

 

Que cada argentino reflexione severamente sobre lo que puede y debe hacer en beneficio de la Nación a la que pertenece. Que tome conciencia del repertorio de acciones u omisiones que lo colocan en falta respecto de sus deberes cívicos y morales. Que recuerde que hay también una Argentina silenciosa que trabaja, produce y estudia, que sabe que la esperanza es vida y alegría.

 

Que cada argentino asuma, en fin, la plenitud de su condición de hijo de una tierra que reclama su esfuerzo, su gesto de renunciamiento, su solidaridad. Y que actúe en consecuencia.