En busca del político ejemplar…

A menudo las transiciones políticas producen un período intermedio de indiferencia en la población, que resulta muy peligroso porque ofrece campo a oportunistas de toda laya, cuyas acciones pueden obstaculizar, desviar y aun aniquilar un proceso de mejoramiento, mientras que los indiferentes encuentran razones para desconfiar tanto de lo viejo cuanto de lo que quiere presentarse como nuevo.

 

Sacudir la indiferencia y aun la desilusión implicadas en el abstencionismo electoral no es trabajo sencillo, sobre todo cuando existen usos que permiten ignorar por años el “fenómeno” de la abstención, aunque crezca continua y amenazadoramente, como sucede entre nosotros.

 

Si la decisión de abstenerse se debiese a pura apatía, podría entonces acusarse a los abstencionistas de consentir, a su modo, los graves desastres que sin duda acarrean los gobiernos nocivos, puesto que ni siquiera se les opusieron mediante la anulación del voto.

Pero este no sería el caso si la abstención se origina en las tensiones propias de la transición, mientras los decrépitos partidos tradicionales pugnan por mantener sus privilegios y los partidos nuevos luchan por acarrear suficientes fuerzas para enfrentarse con los viejos y por revertir efectivamente la indiferencia y el abstencionismo.

 

Los políticos de vieja ralea saben guarecerse hábilmente tras los muros del poder malamente ejercido, sobre todo mediante la sumisión originada por la pobreza y la ignorancia, los engaños y la impunidad.

Por esto se necesita destruir sistemáticamente esos muros por medio de una lucha sin tregua, como en nuestro país se ha mostrado en tiempos recientes que es posible y deseable hacerlo, comenzando por la corrupción y la impunidad de alto rango.

 

La proliferación actual de partidos emergentes es no sólo producto de la desintegración irremediable de los viejos partidos y sus tenebrosas cúpulas, sino parte de la gravedad del período de transición hacia una nueva etapa socio-política.

Pero, mientras los partidos nuevos orienten sus planes y su propaganda solo con la intención de ganar el voto de los indecisos y los abstencionistas, nada nos asegura que la etapa por venir no habrá de ser peor que la que todavía se resiste a desaparecer.

 

Un partido cuyos integrantes se encuentren decididos a emprender una acción política innovadora, necesita incluir en sus propuestas y mostrar en sus acciones, la lucha por lograr un ciudadano libre de toda clase de pobreza, inseguridad y temor.

 

La afirmación de una acción política semejante no es imposible, puesto que los hechos recientes han mostrado el valor, la inteligencia y el esfuerzo de la justicia y la prensa nacionales por limpiar este país radicalmente.

El pueblo ha respaldado ampliamente este esfuerzo colosal porque ha comprendido que no se trata únicamente de poder juzgar con toda justicia a los responsables de la corrupción y las calamidades nacionales, sino también de superar y trascender el actual desastre, de modo que nunca se repita, y conducir la etapa venidera por una vía recta y luminosa.

 

La población comprende que necesita un político que en su vida pública y privada ofrezca una contextura humana ejemplar, capaz de ejercer una magistratura que siembre en los ciudadanos el amor a la educación, el ejercicio consciente de sus derechos y deberes, la disposición al trabajo y la autodisciplina, el deseo y la voluntad inquebrantables de prosperidad espiritual y material.

Un político ejemplar, cuya administración consiga los instrumentos económicos necesarios para que su siembra produzca abundantemente.

 

Y así como entendemos que para salvaguardar el destino de nuestro régimen democrático republicano contra todas las desvirtuaciones de los grupos totalitarios es necesario prestigiar el Parlamento, la libertad de juicio e imparcialidad de la justicia constituyen la última y fundamental garantía de nuestro orden institucional.

 

Decir que un político trabaja por alcanzar el bien común, por lograr una sociedad más justa e igualitaria, suena a frase hecha y en muchos casos difícil de corroborar en la práctica.

Con insoslayable convicción se debe concebir la política como una forma de servicio y la democracia como una construcción cotidiana con responsabilidades múltiples pero mayores en la conducción.

 

Sólo será justo nuestro orden social, cuando se logre que los recursos humanos y los materiales, unidos al avance técnico del país, permitan asegurar al hombre argentino la satisfacción de sus necesidades físicas y espirituales.

 

Por esto el ciudadano necesita vigilar y trabajar porque sus anhelos empiecen a cumplirse: aunque aquella clase de político solo vislumbre hipotéticas excepciones por el momento, la mejor manera de lograrlo se encuentra en preparar el campo.

La democracia argentina necesita perfeccionamiento; pero que quede bien establecido que perfeccionamiento no es sustitución totalitaria.

 

Lo que nuestra democracia necesita es ser auténtica expresión de su verdadera esencia. Lo importante no es que el sentido social de la democracia esté en nuestras declaraciones políticas o estatutos partidarios, sino que los argentinos tengan la decisión y la valentía de llevarlo a la práctica.