Día del Maestro: dedicado a todos aquellos que dejan huellas indelebles en el alma

Albert Camus cuando ganó el Premio Nobel de Literatura le escribió a su profesor de primaria una carta, la cual describe el imperecedero impacto que puede dejar un maestro en el alma de sus alumnos: “Querido señor Germain; he esperado a que se apagase un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido. Le mando un abrazo de todo corazón”.

 

Este encabezamiento viene a colación porque hoy se festeja el Día del Maestro. Considerando que son los docentes los pilares de la educación argentina, comparto para su reflexión, una brevísima recopilación de pensamientos sobre el magisterio de tres notables latinoamericanos: José Vasconcelos, mexicano; nuestro José Ingenieros; y la Nobel chilena la maestra Gabriela Mistral.

 

VASCONCELOS Y LA MISIÓN DEL DOCENTE – Discurso pronunciado el 14 de mayo de 1921

 

“Iguales somos todos los maestros. Entre nosotros no hay categorías, sino diferencias, y cada aspecto concurre a su propósito, y todo se suma en armonía sublime. Más, sigo hablando de maestros, y os veo a vosotros, y lo que es todavía peor, me veo a mí mismo, y una irresistible y cruda sinceridad me obliga a dibujar una amarga sonrisa y a preguntarme: ¿Maestros de qué? ¿Qué es lo que sabemos nosotros para ser maestros? Uno que otro procedimiento útil, una que otra receta para que la vida del hombre no se confunda con la vida del bruto, pero de las grandes cuestiones fundamentales no sabemos nada; y así como dijo Tolstoi, que el hombre no puede constituirse en juez del hombre no puede ser el maestro del hombre.

 

Sin embargo, es preciso que cada generación transmita su experiencia a la que siga, y que cada hombre ofrezca su ejemplo a los demás; de aquí que afirmamos que es legítimamente maestro el que trata de aprender y se empeña en mejorarse a sí mismo. Maestros son quienes se apresuran a dar sin reserva el buen consejo, el secreto recóndito, cuya conquista acaso ha costado dolor y esfuerzo.

 

Uno que ya pasó por distintas pruebas y no ha perdido la esperanza de escalar los cielos, eso es un maestro. Si somos justos, si somos intransigentes con la maldad y enemigos jurados de la mentira; si a semejanza del Brand de Ibsen, borramos de nuestra conducta la palabra transacción, si no transigimos ni con la verdad a medias ni con la justicia incompleta, no con la fama usurpada, entonces seremos verdaderos y ejemplares maestros.

 

(…) Cada uno de los hijos de México reclama de vosotros un par de dones sublimes: la habilidad para el trabajo que da el sustento, y la luz para el alma que ansía la gloria.”

 

JOSÉ INGENIEROS (1877-1925) – Fragmento. Capítulo 10: Las Fuerzas Morales

 

“El magisterio debe ser una profesión vocacional; no hay peor maestro que el animado por simples fines de lucro, ni peor pedagogía que la practicada sin amor. La sociedad entrega al maestro los niños, como al jardinero las semillas, para que en aquéllos germinen sentimientos como de éstas brotan flores.

 

“Hay que saber formar los almácigos humanos, regarlos, protegerlos, apuntalarlos, clasificarlos, separar las malezas, para que de la escuela salga bella y lozana la más admirable flor del universo: el hombre.

 

“El maestro del porvenir tendrá a su cargo la función más grave de la vida social. No será un autómata repetidor de programas, que otros hacen y él no comprende, sino un animador de vocaciones múltiples que laten en el niño buscando aplicaciones eficaces. Despertará capacidades con el ejemplo; enseñará a hacer, haciendo; a pensar, pensando; a discurrir, discurriendo; a amar, amando. Educar debe ser un arte agradable; el maestro formará caracteres como el escultor plasma estatuas”.

 

GABRIELA MISTRAL (1889-1957) – Decálogo del maestro

 

“1. AMA. Si no puedes amar mucho, no enseñes a niños. 2. SIMPLIFICA. Saber es simplificar sin quitar esencia. 3. INSISTE. Repite como la naturaleza repite las especies hasta alcanzar la perfección. 4. ENSEÑA con intención de hermosura, porque la hermosura es madre. 5. MAESTRO, sé fervoroso. Para encender lámparas basta llevar fuego en el corazón. 6. VIVIFICA tu clase. Cada lección ha de ser viva como un ser. 7. ACUÉRDATE de que tu oficio no es mercancía sino oficio divino. 8. ACUÉRDATE. Para dar hay que tener mucho. 9. ANTES de dictar tu lección cotidiana mira a tu corazón y ve si está puro. 10. PIENSA en que Dios se ha puesto a crear el mundo de mañana”.

 

¿Maestros de qué?

 

¿Maestros de qué? Se pregunta Vasconcelos. Tal vez, lo único que al maestro le queda es inspirar a cada alumno, que la vida le pone en sus manos y custodia, a encontrarse a sí mismo, a descubrir sus dones y lo más valioso de su existencia. Su fundamental tarea es ayudarlo a revelar su personal vocación.

 

Gracias a ese descubrimiento el alumno puede convertirse en creador y, por tanto, en una persona libre, nunca esclavo de modas, jamás en uno del montón, en absoluto uno de la generalidad; el creador siempre podrá vivir de su oficio y jamás se permitirá ser un parásito social, un mediocre, un aparente.

 

Personas de bien

 

Ser maestro implica coraje y compromiso para desarrollar la humildad como un hábito de vida y la justicia y equidad como compás de su trabajo; requiere vivir cada día con nuevos ojos, como recién nacido, con frescura e intensidad: para ser siempre firme, pero sin dejar de ser comprensivo y amoroso; para abrir ríos de diálogo, comunicación, vida y convicción, pero sin descuidar su autoridad moral.

 

Para jamás caer en la tentación de usar el aula para rendir culto a la personalidad propia o ajena, o para manipular, o para violentar conciencias, o expresar ideas o argumentos parcelados o partidistas; para jamás cortar las alas del joven, ni aprisionar su espíritu en el pesimismo o las verdades propias; para alentar a cada alumno a que emprenda el vuelo hacia la inmensidad de sus individualísimos sueños. Por eso, el auténtico maestro forma a sus alumnos para que opten ser personas de bien, y no solamente profesionistas eficientes.

El maestro sabe que el aula es un espacio único y sagrado; que la mente y espíritu de los jóvenes lo son aún más, pues los muchachos son como los hijos de quienes Gibrán decía: “viven en la casa del mañana, que no podemos visitar ni siquiera en sueños”.

 

Alegría

 

Es su misión inspirar a los muchachos para que piensen con rigor y elijan actuar éticamente, para que sean creativos en todos los órdenes de sus vidas, para que no tengan miedo. En síntesis, el maestro ha de instruir, alumbrar, ilustrar a sus alumnos – tocando sus almas – siempre dejando que sean ellos mismos quienes definan la historia de su historia, que edifiquen sus biografías. Por eso, el aula es sagrada, tal como las mentes y corazones de los muchachos son sublimes dimensiones que jamás habrá de invadir, sino amorosamente ensanchar, llenar de ideales fecundos, retos, ejemplos y estímulos salpicados de vida, tolerancia, respeto, comprensión, gratitud, alegría – mucha alegría – y abundante amor.

 

Quien enseña debe ser testimonio de vida de eso que en las aulas pregona. Al docente le es preciso ser una persona auténtica, creadora. Le corresponde ser una persona hacedora, para luego – sin remordimiento alguno – poder compartir, iluminar, inspirar.

 

El maestro es quien sabe dejar huella en sus alumnos, jamás cicatrices. Tal como lo hizo el profesor Germain con su alumno de primaria Albert Camus.